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De informática al mundo: Vicente nos cuenta su experiencia en Alemania y Brasil

La ingeniería puede abrir puertas, pero para Vicente Muñoz Leppe, estudiante de Ingeniería Informática de nuestra universidad, le abrió continentes. Tras vivir una experiencia de intercambio académica en Alemania, decidió aventurarse realizando una pasantía en Brasil. Conversamos con él para conocer cómo logró esta doble hazaña, sus experiencias viajando y qué le diría a quienes aún dudan en armar las maletas.

— Primero Alemania y luego Brasil, ¿cómo lograste gestionar dos viajes tan distintos? 

Mi primer viaje a Alemania, que llevé a cabo durante mi primer semestre de cuarto año, pude realizarlo gracias a la Beca Santander, que es uno de los convenios que tiene la universidad y te aporta un monto determinado para financiar la movilidad. 

Fue más fácil porque conocí a otro chico de mi carrera que también fue a la University of Passau, la misma a la que viajé yo, y eso me ayudó mucho a orientarme. Hablando con estudiantes de otras universidades, me decían que contactarse con las autoridades es muy difícil, pero acá en la USACH es un poco más horizontal, yo podía ir literal a tocarles la puerta y esa cercanía me ayudó bastante para los trámites. Para Brasil, postulé a una beca pero me enteré de los plazos más tarde. Sin embargo, gracias a un amigo me enteré de opciones de alojamiento más accesibles y pude viajar gestionándolo por mis propios medios con el apoyo de un profesor con el que tengo más cercanía.

— Muchos le temen al idioma o al papeleo al momento de viajar, ¿qué les dirías a quienes se desmotivan por eso?

Si bien hay varios trámites que deben realizarse, todo es cosa de motivación y perseverancia. La universidad tiene diversas oportunidades para quienes quieren viajar que a veces no se concretan porque los estudiantes abandonan el proceso. Sin embargo, comprender esta etapa administrativa de aprendizaje juega a tu favor, garantizando que si tienes paciencia, es muy probable que sí logres realizar tu intercambio de forma segura.

En cuanto a idiomas, elegí Alemania precisamente porque sabía que me impulsaría a aprender nuevos idiomas. Tuve que tomar clases previamente para certificar mi nivel de inglés, lo que facilitó muchísimo mi adaptación allá. Hoy, gracias a toda esta experiencia, me comunico fluidamente en inglés y portugués, además de haber sumado un mayor aprendizaje en alemán.

— ¿Cómo fue el choque cultural y la vida universitaria en esos países? 

Iba a Alemania con el estigma de que las personas allá podían ser frías, pero conocí a muchos alemanes fanáticos de la cultura latina y muy amables. Me sorprendió el alto nivel de inglés de los jóvenes, allá están muy acostumbrados al idioma porque reciben a mucha gente de distintos lados.

En Brasil la vida universitaria me gustó aún más, era espectacular. Allá hacen algo llamado ‘repúblicas’, que son espacios donde reciben a varios estudiantes en una misma residencia. Cada una funciona como una fraternidad, entonces tienen sus colores, identidad e incluso decoración personalizada. Ese ambiente me hizo sentir muy bienvenido y la fraternidad realmente fue como mi familia durante un tiempo; la gente se caracterizó por ser cálida y muy amable.

— Más allá de la vida dentro del campus ¿Qué es algo que pudiste disfrutar allá y que todavía recuerdes?

Mi destino fue Passau, una ciudad preciosa conocida por estar ubicada justo donde se cruzan tres ríos. Fui durante el verano alemán y, aunque el clima es muy agradable, de vez en cuando hacía un poco de frío. Gracias a esa mezcla de agua y temperaturas frescas, está rodeada de unas áreas verdes espectaculares que son muy bonitas de ver.

Los paisajes en Brasil me encantaron, pero lo que más destaco son los festivales universitarios que pude disfrutar. Eran casi como un Lollapalooza universitario; como se organizan entre distintas casas de estudio, asiste muchísima gente de todo el país. Esto te permite conocer a estudiantes de otras generaciones y universidades, una dinámica de integración que acá en Chile aún no hemos experimentado. 

— ¿Cómo fue el choque académico al estudiar en Alemania? ¿Cambió tu forma de ver la carrera? 

Me abrió mucho la cabeza en cuanto a cómo entiendo la ingeniería. Si la carrera ya cambia mucho entre universidades, entre países cambia aún más. Es un enfoque distinto que te nutre muchísimo como profesional. Acá en Chile me acostumbré al método de la USACH, que tiene un sello más emprendedor y evaluaciones periódicas. En Alemania, la manera de evaluar cambiaba completamente, porque hacían una sola prueba a final de semestre. Eso te obliga a estar constantemente estudiando por tu cuenta y a ser mucho más independiente.

— En Brasil tu experiencia fue distinta y pudiste enfocarte en tu tesis sobre computación afectiva. ¿Qué te aportó esa red de contactos internacionales? 

Allá conversé con estudiantes de magíster y tuve la oportunidad de presentar mi proyecto, que busca reconocer el engagement a través de un programa multicanal con enfoque educacional. Simplemente conversar de estos proyectos con gente que sabe mucho es súper enriquecedor; me contrastaron ideas de excelente manera y siempre desde la crítica constructiva.

Pude también conocer los proyectos de varias personas y eso fue interesante como profesional. Hubo, por ejemplo, una charla que me llamó harto la atención de un chico de Islandia que trabaja la educación con personas autistas. Él abordaba cómo el cerebro y las expresiones faciales funcionan de otra manera en la neurodivergencia, eso me abrió toda una brecha que no me había cuestionado ni planteado. Conocer otros enfoques y recibir la perspectiva de docentes con tanta experiencia me aportó muchísimo.

— A nivel personal, ¿qué sientes que cambió en ti después de vivir estas experiencias y qué le dirías a quienes aún lo dudan?

Es una cadena de consecuencias positivas. Si bien siempre me he considerado alguien extrovertido, el estar constantemente expuesto a personas nuevas y tener que adaptarme a hablar en otros idiomas me ayudó a perder la vergüenza por completo, aprendí a organizarme mejor, me lancé al agua y cumplí un sueño. Además, me quité el miedo y esa preconcepción de que trabajar o estudiar afuera en el futuro era algo imposible. Me di cuenta de que esas barreras no son reales. La vida universitaria es muchísimo más que solamente aprobar ramos, se trata de aprovechar todas estas oportunidades de crecimiento que existen allá afuera. Al final del día, lo único que hay que hacer es atreverse.

Por Valentina Kächele e Ignacio Arévalo

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